Aun es de noche cuando me dirijo a la entrada de la reserva india de los Navajo en Arizona, me encuentro muy cerca de Monument Valley y me dispongo a ver amanecer en la inmensidad de estos parajes. Cuando llego a la entrada de la reserva aun esta... leer más
Aun es de noche cuando me dirijo a la entrada de la reserva india de los Navajo en Arizona, me encuentro muy cerca de Monument Valley y me dispongo a ver amanecer en la inmensidad de estos parajes. Cuando llego a la entrada de la reserva aun esta cerrada para los coches, pero no me puedo resistir y tras dejar el vehículo retirado a un lado del polvoriento camino, me dirijo a lo alto de una colina. Al llegar el cielo ya esta mas azul que negro y puedo intuir un inmenso valle que se extiende delante de mi. Me alejo de las rutas señalizadas y comienzo andar entre polvo y arena. Me doy cuenta en ese momento de que lo único que escucho a mí alrededor es el crujir de mis pies sobre la arena y mi resparación.
Me siento en el suelo, en contacto con la tierra, como lo habrían hecho y lo harán los nativos del valle durante generaciones. La arena aun esta fría. No se oye nada, ni siquiera una tenue brisa, el silencio es absoluto, aquí no hay bocinas de coches, ni gente gritando, solo tu y el inmenso desierto. Desde luego, este es un lugar místico, sin duda, capaz de unir a los humanos con los dioses, es fácil imaginarse que sintieron los primero exploradores al encontrarse estas tierras y entender nosotros hoy el respeto que procesan los nativos a estas.
El horizonte empieza a cambiar rápidamente de color, un rojizo comienza a aparecer por la parte baja descubriendo así las siluetas de enormes monolitos de roca. En un segundo estalla una explosión de colores vivos que inunda el valle, pasando de rojos a naranjas, violetas y púrpuras a azules, los primeros rayos de sol inciden en mi cara, entorno un poco los ojos, acabo de contemplar quizás el amanecer mas increíble de mi vida. Comienza un nuevo día, pienso que seguramente uno bueno, un mal día no puede empezar así.